

Dentro de la mansión, el joven miraba por la ventana el oscuro bosque que convulsionaba con el frió invierno. Desde la oscuridad, y el agitar de las ramas, se desprendía el sonido del grillo y los aullidos de un lobo. Eran sonidos distantes, que lo preparaban a tocar el piano.
Tomo asiento, al unisonó con el sonido del oscuro bosque, hundió sus dedos en las teclas Do y Si bemol.
Golpeaba con ligereza, al compás de la soledad y del latir de su corazón, se escuchaba la agonía de la melodía que lloraba. Pero sus ojos perdidos, medios inconscientes, se dejaban estar en la frialdad de su pálido rostro, sin una mínima emotividad.
¿A quién le tocaba?
Entre una nota y otra había un vacío, cuando se escucho sonar la puerta principal. ¿Era el bosque, o el lobo?
Pero, en ningún momento se le vino a la mente, que podía ser una persona, tal vez alguien perdido, desahuciado o una amante muerta sobre el piano.
¿Quién estaba en la puerta?
El continuaba tocando, la melodía sangraba, sus muñecas se humedecían, con un calor frío que se expandía, tecla tras tecla. El piano blanco, comenzó a marchitarse con un rojo oscuro. El silencio de la noche escuchaba la canción del adiós.
El lobo lo sabía, el grillo lo ignoraba; la noche fría y el bosque solitario aguardaban la desgracia.
La puerta, sonaba una y otra vez, propagándose el ruido por toda la casa.
El joven pianista, pensó que caería la puerta ante los golpes, así que apresuró sus dedos cansados, para finalizar de una vez la tétrica melodía.
¿A quién le tocaba?
La mujer estirada sobre el blanco piano, sus ojos abiertos, mirando al joven pianista, que iba tras su huida, que iba tras su encuentro.
La melodía era el retrato de lo que él sentía, el retrato de lo que observaba, la muerte presenciada, y la muerte anunciada. Los ojos del pianista, sobre los ojos de la muerta.
El lobo lo sabía, el grillo lo ignoraba; la noche fría y el bosque solitario aguardaban la desgracia.
La puerta sonaba más fuerte, tanto que el joven pianista no creyó terminar.
¿Quién estaba en la puerta?
El joven, reconoció que nadie está afuera, nadie la golpeaba hasta casi tumbarla. Solo era su corazón que latía, cada vez más fuerte, buscando absorber la sangre que ya no tenía…
Seco y asfixiado, el corazón tumbó el pecho del joven, con sus tres últimos golpes, con las tres últimas notas, Re, Si, y Sol bemol. El joven, cayó sobre el piano y sobre su amada, cerró los ojos y la muerta lo vio morir, sin darse cuenta.
El lobo y el grillo dejaron de cantar; el bosque dejó de vacilar; la fría noche de invierno se despidió y se marcho antes del alba. La melodía había acabado.
El lobo lo sabía, el grillo lo ignoraba; la noche fría y el bosque solitario callaron.
La desgracia ya había llegado, la desgracia ya había terminado.